Uno de los signos de nuestros tiempos
es la soberbia. Estamos inmersos en una generación sobrada, que se cree
mejor y más potente que el resto de generaciones anteriores, todas
ellas juntas. Erguidos en un pedestal de arcilla científico técnico, nos
creemos capaces de todo y a la vez, somos humillados una y otra vez. Empecinados, volvemos a caer una y otra vez en nuestro pecado. Todo menos reconocerlo, hacer propósito de enmienda y dejar de actuar como lo hacemos.
Una de las manifestaciones de esta soberbia es la transgresión de uno de los mandamientos de la ley de Dios que parece menor y algo postizo: el cuarto, que dice así, "Honrarás a tu padre y a tu madre". Vamos, que parece que se puso allí para rellenar y poder decir que los mandamientos eran diez por redondear y por puro marketing divino. Es decir, que importantes, lo que se dice importantes, con la mitad de mandamientos, hubiera bastado.
Desgraciadamente hemos comprobado que esto no es así. En nuestra soberbia, hemos desdeñado a nuestros antepasados que vivieron durante centurias en este mismo pueblo. Hemos deshonrado a nuestros padres y a nuestras madres. Ellos pasaron docenas de inundaciones. Ellos tenían experiencia sobre el terreno de primerísima mano. Ellos sabían que las inundaciones eran cuestión de tiempo y no disponían de recursos para poder evitarlas. Así que construían en las zonas más altas y menos propensas a inundarse. Y lo más preciado del pueblo lo pusieron en lo más alto, para preservarlo y salvarlo llegado el caso.
¿Y que era lo más precioso que poseían, el tesoro que querrían salvar a toda costa llegado el caso? A Jesucristo, al Emmanuel; al Dios con nosotros; a la eucaristía. ¿Y dónde estaba la eucaristía? En la iglesia de S. Miguel. Observen dónde se han salvado los pocos coches que han quedado disponibles.
Y mientras tanto, ensoberbecidos, siguiendo el pensamiento mágico que nos hacía creer que éramos poco menos que dioses,
hemos construido fincas con sótanos en zonas inundables como la Avda. Rambleta, ¡que por algo se llama así!,
hemos planificado una gran área residencial en plena rambla que separa Albal y Catarroja y además se ha incrementado su nivel de suelo en medio metro respecto de Catarroja,
se ha autorizado la construcción de una nueva finca en plena rambla a la altura del Camí Real. Y, por si no fuera suficiente, en una pensamiento mágico tan irresponsable como inconsciente, se ha osado llamar "calle" a la Rambla de Pelayo que separa Albal de Catarroja. En consecuencia, tanto por un ayuntamiento como por el otro, se ha permitido construir fincas allí justo al lado del barranco.
Empujado a los coches a aparcar en mitad de la rambla en lo que ufanamente han llamado parking de Pelayo y que además iban a potenciar poniendo iluminación nocturna.
¿Aprenderemos a honrarlos adecuadamente o volveremos a reincidir como burros obcecados, una y otra vez en los mismos errores?
Pronto saldremos de dudas viendo las próximas actuaciones de nuestro consistorio. Mientras tanto, individualmente, yo iría tomando nota de los acontecimientos y preparándome por mi cuenta.





Comentarios
Publicar un comentario