Salvad a Wally





Hace varios lunes abracé a Wally. Un robusto árbol de más de 10 años que estuvo creciendo a mi lado y al lado de mis hijos, durante más de una década.
Lo despedí con una mezcla de orgullo, por poder gozar de su sombra a pocos metros de mi casa y, al mismo tiempo, y una sensación melancólica de agria despedida. De un ejemplar tan espléndido, no queda ni su tocón, como testigo mudo de lo que un día fue y ya no es. Ni siquiera pudimos gritar: "Salvad a Wally"

¿Dónde estaban los ecologistas cuando la afilada sierra segaba tu vida?
¿Dónde las manos llenas de pegamento para no poder separarse de ti?
¿Quien se esposó a tu lado para impedir tu muerte?
¿Dónde estaban los tolerantes que tanta intolerancia mostraron con los de tu especie?
¿Dónde los inclusivos que os excluyeron a todos vosotros? Ni uno sólo dejaron de los vuestros
¿Qué ecorresiliencia es esta que acaba con los árboles frondosos para poner árboles enanos?
¿Quien hará nuestros hogares más ecosostenibles frente a los calores estivales ahora que no podemos cobijarnos a vuestra sombra?
¿Qué pensarán vuestros padrinos que con tanto mimo os cuidaron, ahora engañados por trileros a los que les han dado gato frondoso por liebre escuálida?
De las fábricas de ladrillo, que antaño poblaban el pueblo, quedan, como testigos mudos, sus chimeneas. De vosotros, no quedará uno sobre la faz de Catarroja. Vuestra estirpe ha sido maldecida por el alcalde y ni un vestigo vuestro quedará. Damnatio Memoriae ha sido declarada sobre vuestra especie.
Ya lo dice la sabiduría española que "Dime de qué presumes y te diré de qué careces"

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